Trabajo hace nueve años en la peluquería canina de la avenida Bird, en Miami, un local chiquito entre una lavandería y un colmado cubano que siempre tiene el aire acondicionado a tope. Baño perros, corto uñas, limpio oídos: de eso vivo. Y en nueve años uno cree que ya vio de todo. Pero aquel sábado de julio, cuando entró la señora Beltrán con su schnauzer en brazos, tuve que sostenerme del mostrador.
El perro se llamaba Rocco. Tenía el pelo apelmazado en placas duras, como fieltro viejo, con nudos tan pegados a la piel que ni se le adivinaban las patas. Olía a humedad, a encierro. La señora Beltrán, una mujer de unos sesenta años con las uñas pintadas de un rojo que ya se estaba yendo, lo dejó sobre el mostrador y dijo, bajito, casi para que no la oyera nadie:
—Hace ocho meses que no lo traigo. Mi esposo estuvo en el hospital. Se me fue el tiempo.
No le pregunté más. Uno aprende a no preguntar cuando el cliente ya trae la vergüenza puesta encima como un abrigo.
Lo subí a la mesa de trabajo, esa de acero que tiene el desagüe al medio, y Rocco se quedó quieto. Ni un temblor. Yo esperaba que se me escapara, que gruñera, porque los nudos así de apretados duelen al tocarlos. Pero él nada más levantó la cabeza y me miró como diciendo: por fin.
Empecé por las orejas, que las tenía casi tapadas de cera oscura. Después los dientes —tenía sarro amarillo hasta la encía— y ahí sí tuve que llamar a mi compañera, Yolanda, para que me ayudara a sostenerlo mientras yo pasaba la gasa. Por la ventana del local se veía pasar la guagua 24 y a un señor vendiendo mangos en una carretilla; ese ruido de la calle, de los cláxones y del spanglish de la esquina, era lo único normal en toda la escena.
La maquinilla no entraba en los nudos. Tuve que ir con tijera, pegado a la piel, con cuidado de no cortarlo, porque debajo de tanto pelo apelmazado uno nunca sabe qué se encuentra: sarna, heridas, garrapatas. En Rocco encontré dos costras viejas en el lomo, ya cerradas, y un poco de piel irritada cerca de la cola. Nada grave, pero sí de meses.
Lo bañé dos veces con champú de avena. El agua que salía la primera vez era gris oscura, casi negra. La segunda, ya más clara. Yolanda le sostenía la cabeza fuera del chorro y Rocco cerraba los ojos, como si estuviera al fin en paz con algo.
Cuando lo saqué de la secadora, dos horas después, no era el mismo animal. Gris plateado, sedoso, con el pelo cortado en ese estilo clásico de schnauzer, barbita prolija y cejas parejas. Le até una corbatita a cuadros —tenemos un cajón lleno, de sobras de bodas de otros clientes— y le marqué una huellita de patica con tinte temporal en el anca, un detalle que hacemos siempre para las fotos de antes y después que subimos a la página del negocio.
La señora Beltrán no dijo nada cuando lo vio. Se llevó la mano a la boca y se quedó así, parada frente al mostrador, un buen rato. Después sacó el teléfono, todavía con esa mano temblando, y le tomó una foto.
—Se la voy a mandar a mi nieta —me dijo—. Ella fue la que insistió tanto para que lo trajera. Yo le decía que después, que después, y pasaban las semanas.
Detrás de ella entró justo esa nieta, una muchacha de unos catorce años con mochila del colegio todavía puesta, que venía a buscarlas porque salían para el hospital a visitar al abuelo. Se tiró al piso sin importarle el uniforme y abrazó a Rocco, que le lamió la cara entera, la boca, la nariz, todo. La muchacha se reía y le decía algo en el oído, bajito, y el perro le movía la cola contra las baldosas con un golpeteo que se oía en todo el local.
Yo me quedé detrás del mostrador limpiando las tijeras, como quien no quiere estorbar. Porque a mí no me tocaba meterme en esa historia, ni preguntar cómo seguía el señor Beltrán del hospital, ni decirle a la señora que no se preocupara. Mi trabajo terminaba en el pelo del perro.
Antes de irse, la señora Beltrán sacó la cartera y me pagó los sesenta dólares del corte completo, más una propina de veinte que yo no le pedí.
—Voy a poner una alarma en el teléfono —me dijo, ya con la correa de Rocco enrollada en la mano—. Cada seis semanas. Para que esto no vuelva a pasar.
Y sacó el celular ahí mismo, delante de mí, y programó el recordatorio con el dedo todavía torpe por los años. "Peluquería de Rocco", escribió, y debajo la fecha. Guardó el teléfono en la cartera, tomó de la otra mano a la nieta, y salieron las tres —la señora, la muchacha y el perro con su corbata a cuadros— rumbo al hospital, con la guagua 24 pasando otra vez justo por la puerta.











