Los Vengadores de Elena

Esa noche llovía tan fuerte en Union City que Marisol Fernández llegó al cine con el paraguas roto, empapada hasta los tobillos, pensando que ya se había perdido los tráilers. Se sentó al lado de su primo Ramón justo cuando apagaban las luces de la sala del AMC de Bergen Town Center.

Dos semanas después, en la cocina de su apartamento en la calle 48, con la olla de habichuelas todavía en la estufa y el partido de los Yankees de fondo sin sonido, Ramón le sirvió un café y le preguntó cómo le había ido en su cita a solas con la nueva película de Nolan.

—Fui a ver la de la venganza de Elena Vega —dijo Marisol, sentándose con las piernas cruzadas en la silla de plástico de la cocina.

—¿Te gustó?

—Mira, para mí Nolan se tomó demasiadas libertades.

—¿Con el elenco?

—No, con la historia. Con la historia de verdad, la que pasó en Hialeah hace veinte años.

—¿Qué le cambió?

—Pues hacia el final se aleja bastante del caso original. Yo en cierto momento ya no entendía nada.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Mira, básicamente Elena, después de años desaparecida, de que todos la daban por muerta, regresa a su casa en Hialeah.

—Sí, eso lo recuerdo del caso real.

—Y ahí descubre que su hermano Pedro y tres socios de él le vaciaron la cuenta bancaria y le vendieron la casa que le había dejado su papá.

—Ay, me acuerdo, salió en las noticias de Telemundo.

—Bueno, en ese punto ella agarra y hace una masacre.

—¿De los cuatro?

—Sí, los va buscando uno por uno y los mata a todos, con una precisión que da escalofríos. Hay una escena con un machete en un taller de mecánica en Hialeah Gardens que yo todavía tengo metida en la cabeza.

—Y hasta ahí es como pasó de verdad.

—Pero entonces pasa algo raro. La procesan y la condenan por haber matado a esos cuatro.

—Bueno, tiene sentido, ¿no?

—Sí, pero media Hialeah dice que no tiene sentido, que ella tenía todo el derecho de hacer lo que hizo porque esos hombres se metieron en su vida y le robaron todo lo que su papá trabajó treinta años para dejarle.

—Ya entiendo, pero ella se vengó, fue algo planeado, tú misma dijiste que los fue a buscar uno por uno.

—Espérate, que la cosa sigue. Toda la ciudad se divide en dos, y entonces un sector de los políticos de Florida usa el caso para meter el mensaje de que hacerse justicia por su propia mano está bien.

—Eso no me suena a buena idea.

—Y uno de esos políticos dice que hay que indultar a Elena, pero se le olvida que él solamente puede indultar en casos estatales, no federales, así que hay toda una situación bien incómoda a nivel institucional, con abogados peleándose en la tele por sesenta días.

—¿Cuánto dura ese final?

—Eterno. El caso es que todos los vecinos de Hialeah empiezan a tomar bando: unos dicen que ella está bien merecida la cárcel, otros dicen que en la misma situación ellos hubieran hecho exactamente lo mismo.

—¿Y tú, como espectadora?

—Será por la pantalla IMAX esa nueva de Jersey City, pero sientes que estás ahí mismo, en la sala del tribunal, y a ti también te dan ganas de tomar bando.

—Entonces, ¿te gustó?

—No sé, es un relajo tremendo. Sales de ahí medio abrumada, con el vaso de soda todavía en la mano y sin acordarte ni dónde dejaste el carro.

—Eso es típico de las películas de Nolan.

—Pero más allá de todo, te deja con una sensación rara.

—¿Cuál sensación?

—Que si en vez de Elena hubiera sido un hombre blanco, digamos, un tal Mitchell de algún suburbio de Connecticut, ese levantamiento de gente a favor de él no lo hubiéramos visto igual.

—¿Por qué?

—Porque Elena es dominicana, Ramón. Y porque el hermano que le robó todo era su propia sangre, y en el juicio el fiscal dijo delante de todo el jurado que una mujer como ella "no tenía por qué regresar a reclamar nada".

Ramón se quedó callado un rato, moviendo la cucharita dentro de la taza sin tomar café. Afuera, un carro pasó con el bajo de un perreo puesto a todo volumen, y el vecino de arriba dejó caer algo pesado que hizo temblar la lámpara de la cocina.

—¿Y el caso real cómo terminó? —preguntó al final—. El de Hialeah, digo, no la película.

Marisol sacó el teléfono, buscó entre las notas guardadas y le mostró una fotografía que había tomado meses atrás: un sobre de papel manila, ya amarillento, con el sello de la Corte del Condado de Miami-Dade.

—Elena Vega salió libre hace ocho meses, después de cumplir tres años de una condena de doce. Le redujeron la sentencia porque su abogada, una prima mía de Hialeah, consiguió probar defensa propia en el último de los cuatro casos.

—¿Y la casa? ¿La de su papá?

—Esa es la parte que la película sí contó bien. Elena no la recuperó, porque ya la habían vendido a otra familia y el dinero se había esfumado hace rato. Pero lo primero que hizo al salir, con su propia abogada al lado y una carpeta bajo el brazo, fue ir al banco de la calle 8 y cerrar la cuenta conjunta que todavía compartía con su hermano, cuarenta y un mil dólares que quedaban de un seguro de vida que él nunca había tocado por miedo a que ella un día regresara a reclamarlos.

—¿Y se los quedó?

—No. Los donó completos a un refugio de mujeres en Hialeah, el mismo que la recibió los primeros días cuando salió de la cárcel y no tenía ni dónde dormir. Firmó los papeles en la oficina del director, un señor que todavía guarda la carta que ella le dejó.

—¿Y su hermano?

—Pedro se enteró por una llamada de un empleado del banco, dos días después. Marisol se rio bajito, sin ganas de reírse en realidad. Dicen que fue hasta el refugio a reclamar, y la trabajadora social lo dejó parado en la puerta con el letrero de horario de visitas cerrado, sin dejarlo pasar.

Afuera había dejado de llover. El olor a asfalto mojado entraba por la ventana entreabierta de la cocina, mezclado con el humo de los pasteles que alguien freía dos pisos más abajo. Ramón terminó su café frío y no dijo nada más sobre el final de la película.

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