Camila Reyes tenía manos que sabían leer paredes. A los veintiséis años era la restauradora más joven en aceptar un contrato con la Diócesis de San Antonio, Texas, y la única del equipo capaz de identificar, solo por el olor de la cal húmeda, si un mural llevaba encima cien años de mala pintura o si debajo latía todavía el original. La llamaban desde Santa Fe, desde El Paso, desde Nuevo México para las capillas viejas que nadie más quería tocar. Y cuando subía los andamios de una iglesia con el pelo recogido y las manos manchadas de ocre, los feligreses que pasaban se quedaban mirando como si hubiera bajado del mural mismo a tomarse un café.
Con Rodrigo Peña se había casado a los veinte, todavía estudiante, cuando no sabía ni la mitad de lo que sabe ahora de sí misma. Rodrigo trabajaba como supervisor de nómina en una planta de piezas automotrices en las afueras de San Antonio, y tenía la cabeza organizada como un archivero de oficina: una carpeta para cada cosa, una etiqueta para cada persona. Ay de quien llegara con una idea que no cupiera en esas carpetas.
Las mañanas en su casa de Alamo Heights tenían la puntualidad de un mal ensayo de teatro.
—¿Cómo me veo? —Camila se ajustaba el cuello de su overol de trabajo frente al espejo del pasillo.
Rodrigo, sin levantar los ojos del celular, contestaba con ese tono de quien dicta un examen:
—No eres ninguna Frida Kahlo, mija. Para qué te das tantas vueltas. Pasas, nomás. Un siete, siete y medio. Acéptalo y ya.
Y mientras ella se ataba las botas en la puerta, él remataba, masticando su pan tostado:
—Y la próxima vez ponle más sal a los huevos. Ya ni cocinas bien. Piensas más en tus paredes que en tu casa, en tu familia. Sin base no hay nada, Camila. Tú deberías entenderlo mejor que nadie.
Ella entendía. Pero en ese instante se acordaba de la señora del puesto de tamales en la esquina de su cuadra, que una semana antes le había dicho, sin que viniera a cuento: "Mija, usted camina como si el sol la siguiera a propósito." Camila había apurado el paso, como si Rodrigo fuera a escuchar el eco de esa frase y a desarmarla ahí mismo, como quien corrige un presupuesto mal hecho.
Por las noches tampoco mejoraba. Una vez extendió sobre la mesa del comedor las fotografías de un rostro de santo que habían descubierto bajo siete capas de pintura posterior, en la capilla de una misión cerca de Goliad.
—Mira este trazo, el ángulo de la cabeza. Es del siglo dieciocho, estilo colonial español, pero se nota influencia de los maestros de la Ciudad de México. Casi lo perdemos, pensábamos que era una pérdida total y estaba tapado con cal.
Rodrigo se acercó masticando un sándwich de jamón, dejó caer migajas sobre la foto y sentenció:
—Tiene la barba chueca. Y un ojo más alto que el otro. Un santo bizco, ni más ni menos. ¿Y en eso gastas tus mejores años? Yo en la planta saco mi bono trimestral, eso sí es aporte real. Tus muertos con barba no le sirven a nadie más que a locos como tú.
En las pocas reuniones con los colegas de Camila, Rodrigo se sentaba en una esquina, comía en silencio y después, ya en el carro, desarmaba a cada invitado con precisión de contador.
—Tu amigo el que habló dos horas del yeso ese, ¿cuándo se habrá bañado? Y esa corbata con venados, qué ridiculez. Tú eres la única decente de ese gallinero, pero hasta tú te contagias de tanta tontería.
La protegía de todo: de sus amigas —"envidiosas, esperan a que te equivoques"—, de los viajes de trabajo —"para qué, allá se arreglan solos, mejor cocina algo decente"—, de la ropa que le gustaba —"¿a dónde vas tan arreglada, a bailar? Ya estás casada, mujer de familia, qué van a decir los vecinos"—. Y sobre todo la protegía de sí misma, que según Rodrigo era el peligro más grande.
Y funcionaba. Lento, como el agua que desgasta la piedra, invisible como la humedad que se come un mural por debajo. Camila empezó a dudar. ¿Sería cierto que apenas pasaba? ¿La alababan solo por compromiso? ¿Debería dejar la restauración y conseguir algo en una oficina, vivir tranquila, sin polvo, sin andamios, sin esa emoción que le subía por el brazo cuando la espátula revelaba el color original de trescientos años atrás?
En ese pozo la sorprendió lo que Rodrigo después llamaría "el circo de Roma" y su supervisora, la doctora Alina Fuentes, llamaría "una oportunidad histórica para los restauradores formados en Texas".
Llegó una delegación desde Roma. Buscaban intercambiar experiencia sobre estabilización de muros en zonas sísmicas, y a Camila le tocó recibirlos: era la única del equipo que leía manuales técnicos en italiano y tenía experiencia en andamios de cúpulas dañadas.
El jefe de la delegación era un señor mayor de apellido Contarini, con lentes de armazón dorada, que tomaba café espresso de un termo hecho a la medida y hablaba español con acento marcado pero gramática impecable, como sacado de un libro antiguo.
Recorrió con ella cada capilla de la zona, desde los sótanos húmedos de las misiones hasta los campanarios donde el viento casi tumbaba a cualquiera. Al final de la semana, sentado en una banca junto a la sacristía, espantando avispas de agosto, soltó la frase que lo cambió todo.
—Señora Camila —se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo—, en Bolonia tenemos un proyecto difícil. Una capilla del siglo catorce, casi destruida por un derrumbe. Armamos un equipo internacional por cuatro meses. Quiero invitarla. Su ojo, sus manos, eso no se enseña. Pagamos bien. La experiencia no tiene precio. Le damos alojamiento. Venga.
Camila llegó a su casa sin sentir el piso. No de alegría, sino del miedo a la conversación que venía. Rodrigo estaba en el sillón viendo las noticias de las diez, comiendo galletas saladas directo de la bolsa.
—¿Ya despediste a tus paisanos italianos? Espero que no se hayan robado ningún secreto de la empresa. Ustedes saben cómo es esa gente, del sur, mañosa.
—Rodrigo —Camila se sentó en el borde del sillón, apretando la correa de su bolsa—, me invitaron a Italia. Cuatro meses. Para restaurar una capilla. Es un proyecto internacional, es un honor que ni te imaginas…
—¿A dónde te invitaron? —Rodrigo apagó el televisor y giró todo el cuerpo, con esa cara de asco que pone alguien que encuentra algo raro en su plato—. ¿A Italia? ¿A ti? Camila, óyete a ti misma. ¿Tú sabes para qué invitan a las mujeres jóvenes a esos viajes de trabajo?
—El señor Contarini tiene setenta años, Rodrigo. Y va gente de cinco países distintos…
—¡Setenta, ochenta, qué me importa! ¡Es italiano, con eso ya está dicho todo! ¿Tú crees que a esa gente le interesan tus santos chuecos? A ellos no les importa un comino tu mural. ¿Sabes para qué buscan a mujeres como tú allá? No para una capilla, ¡para otra cosa muy distinta!
Camila palideció hasta que se le marcaron las pecas sobre la nariz. Rodrigo, ya lanzado, seguía caminando por la sala, agitando la bolsa de galletas.
—¿Tú quién eres? ¿Doctora? ¿Ingeniera? ¿Una científica famosa? ¡Eres pintora de brocha gorda, Camila! Aquí te alaban porque no hay gente, cualquier aficionado vale oro. ¡Allá hay competencia de verdad, especialistas de a de veras! ¿Y de repente te llaman a ti? ¿No te da vergüenza? Te van a usar, ¿entiendes? Como quieras entenderlo, pero te van a usar. Y después te botan sin pagarte ni el boleto de regreso.
—Rodrigo, ya párale. Estás diciendo puras tonterías. Es mi trabajo, ¿me oyes? Mi profesión, mi vida.
—¡Tu vida está aquí, Camila! ¡Aquí está tu esposo, tu hijo, tu casa, tus obligaciones! ¡Allá solo hay tentación, un país ajeno, y tú sola, sin nadie que te cuide! ¿Y quién va a cocinar aquí? ¿Quién va a planchar las camisas? ¿Mi suegra, que apenas puede con su ciática? ¿Tú piensas en alguien que no seas tú misma? ¡Eres una egoísta, una ambiciosa! ¡No, no y no! ¡Ni lo pienses! ¡Ni lo quiero oír!
Aventó la bolsa de galletas contra el sillón, se metió al cuarto y cerró de un golpe, dando por terminada cualquier conversación. Camila se quedó sentada en la sala a oscuras, salvo por la luz azul del televisor apagándose de a poco. Pero algo adentro, algo que llevaba seis años tensado como un cable, se rompió sin hacer ruido.
No lloró. Se quedó mirando el sobre con el itinerario que Contarini le había dado esa tarde, todavía doblado en su bolsa, y lo sacó despacio. Lo abrió sobre la mesa del comedor, junto a las fotos del santo de ojos torcidos. Leyó la fecha de salida: en seis semanas. Leyó el monto del contrato: mil ochocientos dólares mensuales, más vivienda pagada. Cuatro meses. Siete mil doscientos dólares que nadie en esa casa le había regalado ni le iba a quitar.
A la mañana siguiente, antes de que Rodrigo despertara, Camila llamó a la Diócesis y confirmó su aceptación. Después llamó a un abogado de familia que una colega le había recomendado hacía tiempo, alguien conocido en el condado de Bexar por trámites de separación rápidos y limpios. Pidió cita para esa misma semana.
Rodrigo se enteró tres días después, cuando llegó del trabajo y encontró sobre la mesa de la cocina —no en el dormitorio, no escondido, sobre la mesa donde él comía sus sándwiches de jamón— una carpeta azul con los papeles de separación ya firmados por ella, y al lado el itinerario de Roma con la fecha marcada en rojo.
—¿Qué es esto? —Rodrigo sostuvo la carpeta como si pesara diez kilos.
—Es lo que dice ahí. Voy a Italia en seis semanas. Y no vuelvo a esta casa como tu esposa. Ya hablé con un abogado. La casa se vende, se dividen los gastos como corresponde, y tú te encargas de tus camisas desde ahora.
—Camila, esto es una locura, tú no puedes…
—Puedo —dijo ella, sin levantar la voz, sacando del bolso el contrato firmado de la Diócesis y poniéndolo junto a la carpeta—. Firmé esta mañana. Siete mil doscientos dólares, cuatro meses, mi nombre solo. Llevo dieciséis años aguantando que me digas un siete y medio. Se acabó la nota.
Rodrigo se quedó parado en medio de la cocina con la carpeta en las manos, sin saber a cuál de los dos papeles mirar primero. Camila terminó de guardar sus pinceles en la caja de madera que había heredado de su primer maestro restaurador y salió a dejarle las llaves de la camioneta sobre la mesa, junto al sobre de Roma, ya cerrado, ya suyo.











