Catorce dólares por toda la pila

Aquel domingo no tenía ganas de salir. Después del divorcio, Yolanda se pasaba los fines de semana encerrada en el apartamento de Phoenix, mirando el techo y ordenando el clóset tres veces por si acaso. Fue su vecina Estela quien la arrastró al mercado de pulgas de la avenida 35: “Mija, te vas a secar viva ahí dentro. Vamos, que hay tamales buenos.”

El mercado se armaba en un estacionamiento viejo, junto a un lote baldío lleno de tierra y botellas rotas. Había mesas de plástico con juguetes sin pilas, cajas de cassettes, sartenes abollados, crucifijos, monedas de colección, chamarras con olor a naftalina. El sol de noviembre pegaba duro y de los puestos subía un olor entre polvo, carne asada y chile quemado. Yolanda caminaba detrás de Estela, tocando cosas sin propósito.

Fue en una mesa del fondo, atendida por un señor con gorra de los Diamondbacks y un pañuelo rojo al cuello. Tenía cajas de zapatos llenas de fotografías viejas, revueltas: señoras con peinado de los sesenta, muchachos en uniforme, bodas en iglesias de pueblo, carros antiguos estacionados frente a casas de madera. Yolanda hojeó por matar el tiempo. Ya iba a soltar la caja cuando una imagen le apretó el estómago.

Su madre. Joven. Con un vestido floreado y el cabello negro suelto. Y un hombre al lado: alto, moreno, de hombros anchos y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. La mano de ese hombre descansaba sobre el hombro de su madre con una soltura que no era de amigo.

La mano de Yolanda fue directa al reverso. Ahí estaba la letra de su madre, con tinta corrida y antigua: “Con Rubén. Junio. 1963.”

— ¿Cuánto? — preguntó.

El señor del pañuelo se encogió de hombros.

— Lleva la caja entera por catorce. Ya ni sé de quién era.

Yolanda pagó, metió las fotos en su bolsa y buscó a Estela. No le dijo nada. No podía. Durante el camino de regreso, Estela hablaba del precio de los pimientos y Yolanda contestaba con monosílabos. Adentro, la cabeza le daba vueltas.

Su madre vivía sola en Mesa, en la misma casa de adobe y techo de teja donde Yolanda se crió. Su padre había muerto nueve años atrás. Su hermano Óscar andaba en Colorado y llamaba dos veces al año. Los domingos, Yolanda le llevaba las tortillas frescas, le pagaba la receta del azúcar y se quedaba una hora hablando de cosas sin peso. Ese día llegó sin avisar.

— ¿Y tú? — la madre abrió la puerta con sorpresa —. Si no te tocaba.

— Tenía ganas de verte.

— Pasa, mija. Prendo la estufa.

Tomaron café de olla en la cocina, junto a la repisa donde su madre guardaba los frascos de hierbas y el calendario de la pulpería. Se habló del clima, de lo caro que está el gas, de la rodilla que ya no obedece. Yolanda dejó la taza sobre la mesa y sacó la fotografía.

Su madre la tomó sin entender. Se la acercó a la cara, entrecerrando los ojos. Luego apretó los labios y toda la sangre se le subió al cuello.

— ¿Dónde la encontraste?

— En un mercado de pulgas. En una caja de fotos viejas, revueltas entre cosas.

— Nada es por casualidad — dijo la madre, con una voz que no le conocía.

— Quién es Rubén, mamá.

La madre se quedó callada largo rato. Se levantó, apagó la estufa sin necesidad y se quedó frente a la ventana, con la mano apoyada en el marco. El patio de atrás estaba seco, con la sábana colgada que no se movía.

— Rubén es tu padre — dijo al fin.

Yolanda sintió que la cocina se inclinaba.

— Mi papá se llamaba Armando.

— Armando te crió. Te llevó de la mano a la escuela, te enseñó a manejar, te dio su apellido. Pero Rubén fue quien te hizo.

La madre volvió a sentarse. Se sirvió café que ya estaba frío y le dio un trago. Luego habló. Sin pausas largas, sin lágrimas. Como quien saca una espina que trae enterrada desde antes de que la hija naciera.

Rubén trabajaba en una fábrica de muebles en Douglas. Ella lo había conocido en un baile del salón parroquial, en el verano del sesenta y dos. Tocaba el acordeón. Tenía un carro destartalado y unas ganas de vivir que llenaban el salón entero. Se querían casar. Pero el abuelo de Yolanda no quiso ni oír hablar del asunto: “Ese muerto de hambre no tiene ni para un terreno. Aquí el que manda soy yo.” Rubén era orgulloso. Se fue a Texas buscando trabajo. Prometió regresar con plata.

No regresó. A los dos meses llegó la noticia: accidente en una obra. Una viga se desprendió y lo partió en dos. Ni siquiera alcanzaron a velarlo completo. La madre se enteró de que estaba embarazada una semana después del entierro.

— Tu abuelo quería mandarme con una señora que hacía “remedios”. Tu abuela se le plantó al frente y le dijo que ni lo pensara. Y entonces apareció Armando.

Armando la pretendía desde la secundaria. Sabía lo de Rubén. Sabía lo del embarazo. Y dijo que lo aceptaba todo: “La chamaca no tiene la culpa. Va a ser mía y punto.” Y fue suya. Cada domingo, cada Navidad, cada noche de fiebre. Suya.

— ¿Por qué nunca me dijiste? — preguntó Yolanda.

— ¿Para qué? ¿Para que anduvieras por la vida con una piedra en el zapato? Armando te quiso igual que si te hubiera parido. Eso es lo que importa. Lo otro, mija, es puro hueso.

— ¿Y tú lo quisiste? — Yolanda apretó la taza con las dos manos —. A Rubén.

La madre bajó la vista. Se alisó el delantal con los dedos, una y otra vez, sobre la misma raya.

— Lo quise. Y lo sigo queriendo, de una manera que no te sabría explicar. Todas las noches sueño que llega por la puerta de atrás con el acordeón bajo el brazo.

Se quedaron hablando hasta que la luz de la ventana se volvió azul y después oscura. La madre abrió el armario del pasillo y sacó una lata de galletas danesas que nadie abría desde hacía años. Adentro guardaba dos cartas con membrete de un taller de El Paso, una flor seca envuelta en papel de china, el boleto roto de una función de cine y otra foto. En esa segunda foto, Rubén estaba solo, recargado contra un poste, riéndose a carcajadas, con el acordeón colgado del hombro.

La foto que Yolanda había comprado, dijo la madre, era la que el abuelo había arrancado de un álbum y tirado a la basura frente a ella. “Pero ya ves — dijo —. Las cosas que uno entierra en la basura a veces regresan.”

A la mañana siguiente, Yolanda estaba en el porche con las llaves del carro en la mano. Abrazó a su madre con una fuerza que a ambas les sorprendió.

— Voy a venir el viernes — dijo.

— Ven. Ahora ya no hay qué esconder.

Yolanda ya iba de salida cuando se detuvo, a medio camino hacia la puerta.

— Mamá. ¿Y la casa de Rubén todavía existe?

— Sé cuál es. Está al norte de Douglas, camino al rancho viejo. Ya no vive nadie.

— ¿Me llevas?

Fueron las dos en el carro de Yolanda, por la carretera 80 y luego por un camino de tierra que parecía hecho de puros baches. De Douglas quedaba poco: una gasolinera cerrada, un letrero de Coca-Cola desteñido, dos perros flacos echados a la sombra. La casa estaba al final de una calle sin pavimentar, junto a un mezquite enorme, con las ventanas rotas y el techo hundido de un lado. Un columpio de llanta colgaba de un árbol seco.

— Ese era su cuarto — dijo la madre, señalando la ventana del costado —. Por las tardes tocaba el acordeón, y yo me quedaba aquí afuera oyéndolo, haciéndome la que pasaba de casualidad.

Yolanda se agachó y levantó del suelo una piedra lisa, blanca, caliente por el sol. La guardó en el bolsillo.

— ¿Para qué la quieres? — preguntó la madre.

— Para acordarme del que me dio la vida.

La madre se persignó. Y en voz muy baja, mirando hacia la casa, dijo:

— Perdóname, Rubén. No te supe esperar.

Yolanda no dejó el asunto ahí. En las semanas siguientes fue al registro del condado de Cochise, pidió actas en el ayuntamiento, preguntó en una iglesia que ya estaba cerrando. Encontró lo que buscaba en un archivo viejo: Rubén Alonso Galindo, nacido en 1940 en Sonora, fallecido el 18 de julio de 1963 en El Paso, Texas, por accidente en construcción. Sepultado en el panteón municipal de Douglas, sección cinco, lote ochenta y tres.

El panteón quedaba en una loma pelona, con el pasto amarillo y las cruces de hierro retorcidas por el calor. Yolanda tardó en dar con la tumba. Estaba al fondo, cerca de la barda, con la lápida hundida de un lado y el nombre ya medio borrado por el sol. Sin flores. Sin veladoras. Sin nadie. Un mezquite chico le daba un poco de sombra.

Yolanda se puso de cuclillas. Pasó los dedos por las letras talladas en el cemento. Sacó de la bolsa la piedra que había recogido frente a la casa y la puso encima de la lápida. Justo en el centro. Luego se enderezó y respiró hondo.

— Hola, papá — dijo —. Soy Yolanda.

Y se quedó un rato en silencio, con las manos sueltas a los costados, oyendo el viento que movía las hojas del mezquite.

En los meses que siguieron, Yolanda cambió sin darse cuenta. Iba a ver a su madre dos veces por semana. Llevaban café y pan dulce al porche y se quedaban platicando sin prisa, no como madre e hija que se miden las palabras, sino como dos mujeres que ya no tienen miedo de preguntar.

La foto de Rubén la mandó ampliar y enmarcar, y la puso en la repisa del comedor. Junto a ella, la de Armando, el hombre que la cargó dormida del sofá a la cama durante toda la infancia. Y al pie de los dos marcos, una piedra lisa y blanca, traída de una calle sin pavimentar al norte de Douglas.

Dos padres. Uno le dejó la sangre y una canción que nunca oyó. El otro le dejó el segundo apellido y todos los domingos de su vida.

Un sábado, Yolanda regresó al panteón. La piedra seguía sobre la lápida, firme. Pero ahora había algo más: un ramo de cempasúchil con un listón morado, recién puesto. Su madre había estado ahí antes que ella. No dijeron nada al respecto. No hacía falta.

Yolanda se quedó un rato junto a la tumba, con las llaves del carro en la mano. El sol de Arizona caía parejo. Ella no pensó en nada grande ni importante. Solo miró la piedra, el ramo, el nombre ya legible porque alguien — su madre, seguramente — le había repintado las letras con esmalte blanco.

Entonces se rió quedito, sin saber por qué. Y se fue manejando despacio, con la ventana abierta y el aire caliente entrando por los brazos, de regreso a la casa de adobe donde la esperaban el café y los recuerdos.

Rate article
Catorce dólares por toda la pila