Hay una casa a medio caer en la esquina de la calle Guayabo, en Sabana Grande, ese barrio de casas bajas en las afueras de San Juan donde todavía se escucha el coquí por las noches. La verja de alambre está doblada hacia adentro, como si alguien la hubiera empujado con el hombro hace veinte años y nadie la hubiera vuelto a enderezar. Las ventanas no tienen cristales, solo un cartón amarillento en una de ellas. El balcón se comió el comején. Pero en el patio, justo donde antes estaba el tendedero, hay un árbol de panapén que todavía carga.
Yo paso por ahí casi todas las tardes cuando saco a caminar a mi perro, un pastor mixto que se llama Café porque nació del color exacto de uno cortado. Y cada vez que paso, miro ese panapén cargado de frutos verdes y pesados, colgando de las ramas como si nada hubiera cambiado, y algo se me aprieta en el estómago que todavía no sé nombrar bien.
La casa era de doña Amelia Rosario. Yo era niña cuando ella vivía ahí, una viejita menuda que usaba unas batas de flores desteñidas y que sacaba una silla de aluminio al patio todas las tardes, sobre todo en agosto, cuando el calor de Puerto Rico aprieta de verdad y hasta los perros se esconden debajo de los carros. Doña Amelia nos gritaba a los muchachos del barrio cuando intentábamos tumbar los panapenes antes de tiempo a pedradas.
—Eso no está en sazón todavía, muchachos, déjenlo coger cuerpo —decía, agitando la mano como espantando gallinas.
Y nosotros esperábamos, aunque fuera con rabia, porque doña Amelia después nos regalaba los panapenes ya maduros, y su hija los hervía con bacalao y los servía en platos de peltre desportillados, con un chorrito de aceite de oliva que guardaba en una botella de Materva reciclada. Yo comía sentada en el balcón, con las piernas colgando, escuchando el radio AM que doña Amelia ponía bajito, siempre la misma emisora de boleros.
Esa casa, ese árbol, esa mujer con su bata floreada: para mí eran algo que iba a estar ahí siempre. Uno de niño cree eso de todo lo que le da de comer.
Doña Amelia murió hace nueve años. Su hija, Carmen, se mudó para Orlando con el esposo y los nietos poco después, y la casa quedó cerrada con un candado que ya se oxidó del todo. Nadie reclamó la propiedad porque los papeles se enredaron entre tres herederos que ni se hablan entre sí, y así se quedó, cayéndose de a poco, año tras año, mientras el resto de la cuadra se llenó de casas nuevas con verjas de hierro forjado y carros Honda estacionados en la marquesina.
Pero el panapén sigue ahí. Cada primavera bota unas flores blancuzcas que huelen raro, medio dulzón, medio a tierra mojada. Y en agosto —como ahora, que estamos a finales de este mismo mes— carga tanto que las ramas se doblan hacia la verja caída, como si quisiera regalarle su fruta a cualquiera que todavía se acuerde de recogerla.
La semana pasada me paré frente a la casa más tiempo del que acostumbro. Café tironeaba de la correa para seguir caminando, pero yo me quedé mirando ese árbol cargado, pensando en lo raro que es que la naturaleza no sepa que ya no hay nadie ahí para ella. El panapén no sabe que doña Amelia murió. No sabe que Carmen vive en Florida y que sus nietos ya ni hablan español. No sabe que el candado está oxidado y que la casa probablemente la van a tumbar cuando por fin resuelvan lo de los herederos. El árbol solo hace lo que siempre ha hecho: florece, da sombra, carga fruta, la deja caer.
Un vecino de la cuadra, don Rafael, que tiene como ochenta años y todavía sale a barrer la acera frente a su casa todas las mañanas, me contó que hace dos meses vio a un muchacho en bicicleta pararse frente a la casa de doña Amelia, mirar el panapén un buen rato, y después irse sin tocar nada. Don Rafael cree que era nieto de alguien del barrio que ya no vive ahí, alguien que se acordó del árbol sin saber bien por qué.
Yo creo que en cada barrio de Puerto Rico hay un árbol así. Uno que se quedó de pie cuando ya no queda nadie para sentarse debajo. Y lo que duele no es que el árbol esté viejo —los panapenes viven más de cien años, eso lo sabe cualquiera que haya crecido aquí— sino que se quedó solo, cargando fruta que nadie va a cocinar con bacalao, que nadie va a hervir con un chorrito de aceite en una cocina donde antes sonaba un radio con boleros.
Hace tres días decidí que no iba a dejar que esa fruta se pudriera en el piso otra vez, como pasa cada agosto. Llamé a Carmen, que todavía tiene el mismo número de celular guardado en mi teléfono desde que intercambiamos contactos en el funeral de doña Amelia. Le pregunté si le importaba que yo recogiera algunos panapenes del patio, ya que de todos modos nadie los estaba usando. Carmen se quedó callada un momento y después me dijo que hiciera lo que quisiera con esa fruta, que a ella verla en fotos ya le costaba, y que prefería no pensar en ese árbol si podía evitarlo.
Así que ayer entré al patio por el hueco de la verja, con un cubo plástico y un palo largo con un gancho en la punta, de esos que usan los vendedores ambulantes para bajar mangós. Café se quedó afuera, ladrándole a una iguana. Bajé nueve panapenes grandes, verdes y firmes, y los repartí entre tres familias de la cuadra: los Marrero, que tienen cinco muchachos y siempre andan cortos; doña Iris, que ya no puede subir escaleras para cocinar mucho pero le encanta el panapén hervido; y me quedé dos para mi casa.
Esa noche los herví con bacalao, como hacía la hija de doña Amelia, con el mismo chorrito de aceite de oliva, aunque el mío venía de un supermercado Econo y no de una botella de Materva reciclada. Comí sentada en mi propio balcón, con Café echado a mis pies, escuchando no un radio AM sino el celular puesto bajito con boleros viejos, los mismos que sonaban en esa casa que ya casi no existe.
El árbol sigue ahí, en ese patio abandonado de la calle Guayabo, y va a seguir dando fruta el año que viene y el otro, con o sin nosotros. Pero por lo menos esta vez, la fruta no se quedó pudriéndose sola en el piso de una casa vacía. Alguien la bajó, alguien la cocinó, alguien la comió sentada en un balcón, escuchando boleros.











