Ya te lo advertí: donde llevas el dinero, ahí vas a cenar. Y a desayunar también, por cierto dijo su esposa mientras se sentaba en el sillón con su labor de punto.
¿Lola! ¿Estás en casa? llamó Vicente al entrar al piso.
Estoy en la cocina respondió Dolores.
Hoy había llegado antes y se había puesto a preparar la cena. Vicente se quitó el abrigo, se lavó las manos y entró en la cocina.
¿Y por qué no dices nada? preguntó él.
Curioso, ¿de qué tendría que presumir? se sorprendió su mujer.
Pues que hoy te encontré a Rosa, la de tu departamento. Me dijo que os habían depositado la prima trimestral. Una buena cantidad.
Es verdad, la hemos recibido. ¿Y a ti qué te alegra tanto?
¿Cómo que qué? Ayer mismo te lo dije: mi madre llamó pidiendo ayuda para Sofía con la hipoteca. Tú dijiste que no teníamos dinero. Pues ahora sí. Vamos a mandarle diez mil euros propuso Vicente.
¿A santo de qué? preguntó Dolores.
No te hagas, sabes que a Sofía le cuesta pagar la hipoteca sola. Voy a llamar a mi madre y le digo que le transferimos el dinero dijo él, cogiendo el teléfono.
¡Espera! ¿Y cuándo he dicho yo que estoy dispuesta a pagar la hipoteca de tu hermana? lo detuvo Dolores.
¿Por qué no ayudarla, si tenemos el dinero?
Para empezar, el dinero no es «nuestro», es mío. Es la prima que me he ganado trabajando sin parar tres meses. ¿Crees que me he partido el lomo solo para hacerle un favor a tu hermana?
Pero Lola, ¡ella tiene niños!
Vicente, yo también tengo una hija. Clara, nuestra hija, por si no lo recuerdas, está en segundo de universidad y vive en una residencia en otra ciudad. Yo le mando dinero cada mes. ¿Y tú, en estos dos años, le has dado aunque sea un euro?
Pero si sabes que tú ya le envías
¿Y no crees que le gustaría recibir aunque sea mil euros de su padre para unos zapatos? replicó Dolores. Tu hermana, antes de meterse en una hipoteca, debió pensar si podía pagarla.
Pero el banco se lo aprobó recordó Vicente.
Exacto. En el banco trabajan personas inteligentes que saben calcular. Si a ella no le alcanza, es porque gasta mal: salones, cafés Y yo no pienso financiar sus caprichos.
Esa noche, Dolores llamó a su suegra y le transfirió ocho mil euros.
Qué curioso: para Sofía no hay dinero, pero para mi madre, sin problema se quejó Vicente.
Sí. A mi madre se le rompió la prótesis dental y necesita ir al dentista. Su pensión es baja. Además, es mi madre. Sofía es tu hermana, no la mía.
¡Sofía es mi sangre! recalcó Vicente.
Correcto: tuya, no mía. ¿Qué reclamas entonces?
Pues después de mañana cobraré y le mandaré el dinero yo dijo él.
Adelante. Pero primero ingresa los diez mil de siempre en la cuenta de la casa respondió Dolores.
Lola, ¿no es mucho? ¿No podemos reducir?
Claro. Entonces cenaremos macarrones con ketchup, no chuletas. Y dejaremos de pagar la luz y el jabón sonrió ella.
¿No podemos ahorrar más?
Si lo consigues, lo copiaré.
La conversación terminó ahí. Pero Vicente, confiado, envió casi todo su sueldo a su hermana.
Al día siguiente, al volver del trabajo, no encontró cena.
Lola, ¿qué hay para comer?
Mira en la nevera.
Solo había una botella de ketchup y dos manzanas arrugadas.
No hay nada.
¿Ah, no? ¿Y qué esperabas? ¿Acaso pusiste algo ahí? dijo Dolores. Ya te lo dije: donde llevas el dinero, ahí comes.
Vicente tuvo que cenar en casa de su madre.
Al día siguiente, su suegra, Carmen, fue a «educar» a su nuera.
No se esfuerce, Carmen. Ya sé que soy mala esposa. Si quiere, Vicente puede mudarse con usted.
¡No digas tonterías! Si te casaste, cumple.
Claro, la mala soy yo. El piso es mío, mi sueldo es bueno Lo único malo es que no quiero compartir con ustedes.
¿Así que le vaciaste el bolsillo a mi hijo? Pues ahora aguántenselo ustedes. Eso sí: no come salchichas ni pollo. Para cenar, chuletas con patatas. Y laven su ropa.
¡Dolores, estás loca! ¡Antes vivíais bien!
Sí, hasta que usted se entrometió. Separaron a Sofía de Guillermo, y ahora nos toca a nosotros.
¿Yo? ¡Eso es mentira!
¿No fue usted quien le repetía a Sofía que Guillermo no valía, que ganaba poco, que el piso era pequeño? Lo hartaron, y se fue. Ahora su hija está sola con la hipoteca. ¿Feliz?
¡No digas disparates!
Pues si se aburre, cuide a Vicente usted. ¡Yo no soy Guillermo, no aguantaré tanto!
Vicente, asustado, empezó a disculparse:
¡Lola, jamás pensé en dejarte! Solo quería ayudar.
Pues ayuda. Hasta tu próximo sueldo, vive con tu madre o con Sofía.
Y así fue. Vicente pasó el mes fuera.
El día cinco, volvió.
Lola, te he transferido mi sueldo y a Clara le mandé tres mil.
De la cocina salía un delicioso aroma a cerdo agridulce.
Ve a lavarte y siéntate a cenar sonrió Dolores. ¿O prefieres ir con tu madre?
Vicente negó con la cabeza, asustado. Dolores comprendió que no hacía falta más explicaciones.
A veces, las acciones hablan más que mil palabras. Y quien no escucha a tiempo, aprende a la fuerza.










