Llevo veintidós años cosiendo batas de hospital en la lavandería del Hospital Providence, en Tucson, y de vez en cuando me toca subir a entregar pedidos a los pisos. Así fue como conocí a Manuel Reyes, aunque para las enfermeras de neonatología era simplemente "el señor Manny".
Yo entraba por la puerta de servicio del cuarto piso con mi carrito de ropa limpia, siempre a las tres y media de la tarde, cuando ya se sentía el cansancio del turno de la mañana pegado en las paredes. Olía a alcohol en gel y a café recalentado en la sala de descanso, y en la tele del pasillo de visitas siempre estaba puesto algún partido de los Diamondbacks con el volumen casi en cero. Ahí, en una mecedora de madera pegada a la ventana, se sentaba Manuel con una bata azul de hospital sobre la ropa y las manos vacías, esperando.
Tenía setenta y un años cuando lo vi por primera vez, jubilado de manejar camiones de reparto para una empacadora de Nogales, viudo desde hacía seis. Su esposa, Corina, había perdido dos embarazos antes de que naciera su hija, y él nunca olvidó lo que era estar en una sala de espera sin nadie que te tomara la mano. Cuando se quedó solo, en vez de sentarse a ver la tele en su casa de Midvale Park, empezó a ir tres veces por semana a acunar bebés que nadie más podía sostener: hijos de madres en turno doble en el aeropuerto, bebés bajo custodia temporal del estado, gemelos prematuros cuyos padres vivían a cuatro horas, en Douglas.
Una asistente social me contó que antes de aceptarlo tuvo que pasar una capacitación de casi tres meses, con exámenes de sangre, huellas digitales y hasta una entrevista donde le preguntaron por qué, a su edad, quería empezar algo así. Él solo respondió que le sobraban las tardes.
Casi ocho años acunando bebés. Más de quinientos, dicen las enfermeras, aunque él nunca llevó la cuenta —esas cosas se cuentan solas cuando la gente te ve pasar tanto tiempo—. Yo lo vi con muchos de ellos: bebés tan pequeños que su mano les cubría todo el cuerpo, con cables pegados al pecho y un gorrito tejido que alguna voluntaria les hacía en su casa. Él los mecía despacio, con la cabeza del bebé metida entre el cuello y el hombro, tarareando algo que nunca until logré reconocer bien —creo que era una canción de Vicente Fernández, pero bajito, casi sin melodía.
Lo que sí recuerdo perfecto son las palabras que decía siempre, antes de devolver al bebé a la incubadora. Se las oí decenas de veces mientras yo doblaba sábanas al fondo del pasillo:
—Crece fuerte. Crece listo. Crece con buen corazón.
Nunca cambiaba el orden. Nunca les decía nada más.
Un jueves de octubre, hace cosa de tres años, me tocó quedarme más tiempo del normal porque faltó personal en la lavandería y tuve que doblar turno cubriendo entregas. Fue la única vez que vi algo distinto en él.
Había una bebé, hija de una adolescente de dieciséis años internada en el sistema de acogida del condado de Pima, que llevaba once días sin que nadie de su familia la visitara. Pesaba menos de dos libras al nacer. Manuel llegó ese día y pidió específicamente sostenerla a ella, algo que casi nunca hacía —normalmente dejaba que la enfermera jefa, Norma Castillo, decidiera a quién acunar—. Norma me contó después que él ya sabía el nombre de la niña, Esperanza, porque se lo había preguntado la semana anterior y lo llevaba anotado en un papelito doblado en la bolsa de la camisa.
Esa tarde se quedó cuatro horas. Yo entré dos veces a dejar ropa y las dos veces seguía en la misma mecedora, con la niña pegada al pecho, sin moverse casi, solo respirando despacio para que ella sintiera el ritmo. A la tercera vez que pasé, una enfermera joven, nueva, le dijo que ya era hora de dejarla descansar en la incubadora porque el turno de él había terminado hacía rato. Manuel no discutió. Se levantó despacio, con las rodillas resintiendo los setenta y tres años que ya tenía para entonces, y antes de entregarla dijo la frase de siempre.
Pero esa vez agregó algo más, bajito, casi para él mismo:
—Y crece sabiendo que alguien vino nada más por ti.
Yo estaba parada con una torre de toallas en los brazos y fingí que no había oído nada, porque esas cosas no son para que las oiga la señora de la lavandería. Pero la enfermera joven sí lo escuchó, y la vi limpiarse la cara con la manga antes de anotar algo en la carpeta.
La madre adolescente de Esperanza salió del sistema de acogida dos meses después, recuperó la custodia y se mudó con su hija a un departamento en el sur de la ciudad, cerca de la Ajo Way. Norma me contó, ya el año pasado, que la muchacha manda todavía una foto por Navidad al hospital, dirigida "al señor que la meció cuando nadie más podía". No sabía su nombre completo. Nunca se lo dijeron.
Manuel siguió yendo hasta hace unos meses, cuando una caída en su casa le lastimó la cadera y el médico le prohibió cargar peso por un tiempo. La última vez que lo vi fue en abril, en la cafetería del primer piso, tomando un café solo mientras esperaba que Norma bajara a saludarlo en su descanso. Le pregunté, medio en broma, si pensaba volver en cuanto sanara.
—En cuanto el doctor me firme el papel —me dijo, y se dio unos golpecitos en la pierna con el bastón, como si el bastón tuviera la culpa de todo.
No sé si ya volvió. Yo sigo entregando ropa los martes y jueves a las tres y media, y cada vez que paso frente a la mecedora vacía junto a la ventana, sin querer bajo la velocidad del carrito, como esperando encontrarlo ahí otra vez con algún bebé prestado contra el pecho, tarareando esa canción que nunca terminé de reconocer.
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