Mamá, hoy también te hablé, aunque no estés aquí para responderme. Sé que a mucha gente le sonaría raro esto de hablarle a alguien que ya no está, pero para mí es lo más natural del mundo, como respirar. Cuando se hace de noche y por fin se apaga el ruido de la casa, cuando termino de lavar los platos y la cocina queda en penumbra, digo tu nombre bajito. Y quiero creer, con todas mis fuerzas, que en algún lugar todavía me escuchas.
Hay tardes en que me siento en el porche, con un café ya frío entre las manos, y te cuento todo lo que sé que te importaría saber. Cómo va la familia. Cómo Sofía, tu nieta mayor, ya está en séptimo grado y saca puros dieces en matemáticas, igual que tú. Cómo intento mantener la casa de Corpus Christi tal como te gustaba, con las macetas de albahaca en la ventana de la cocina y ese mantel de flores que tanto defendías cuando yo quería cambiarlo por uno más moderno. Te cuento las cosas chiquitas, las que seguro te hubieran sacado una carcajada: que el perro del vecino se metió otra vez al patio y se comió media docena de tomates, que tu yerno por fin aprendió a hacer tamales pero le quedan más salados que los tuyos.
El mundo sigue girando, mamá, la gente sigue yendo al H-E-B, los niños siguen creciendo, pero a veces siento que una parte de mí se quedó parada exactamente en esa mañana de enero, hace tres años, cuando tuve que despedirme de ti antes de estar lista. Me acuerdo del frío raro que hizo esa semana en el sur de Texas, algo que casi nunca pasa aquí. Me acuerdo del nudo que se me hizo en la garganta cuando el doctor salió del cuarto sin decir nada, solo con esa cara. Y me acuerdo de haber pensado, con un terror que todavía me sacude si lo dejo entrar: nunca más voy a escuchar tu voz como antes.
Y entonces, en los momentos más simples, aparece algo que se te parece tanto que se me corta la respiración. Un viento cálido que me roza la cara cuando salgo a sacar la basura. El olor de las rosas después de que llueve, ese olor que tú decías que era "el perfume que Dios les regala gratis a los pobres". Una canción de Juan Gabriel que suena de repente en la radio del carro justo cuando estoy pensando en ti, con el semáforo en rojo en la esquina de la McArdle. Y me permito creer que esa es tu manera callada de decirme que sigues aquí, cerquita.
Te extraño la voz, mamá. Ese tono que sabía calmar cualquier tormenta que yo cargara adentro. Tu risa, que le sacaba luz hasta al cuarto más oscuro de la casa. Eras la única persona en el mundo que con cuatro palabras me devolvía la calma cuando yo sentía que todo se me venía encima. Y aunque ya no estás para decírmelas, a veces todavía las escucho. No con los oídos. Con otra cosa, más adentro, que no sé cómo nombrar.
Lo que no te conté, mamá, es lo que pasó el mes pasado con la casa. Tú sabías que tu hermano Ramón, mi tío, siempre tuvo el ojo puesto en esta propiedad desde que te enfermaste. Cuando se leyó el testamento, la casa quedó a mi nombre, tal como tú lo dejaste firmado, pero él se presentó aquí un sábado por la tarde con un abogado y un papel que decía que él tenía derecho a la mitad, porque según él te había "ayudado con las cuentas" los últimos años. Mentira. El que pagó tus medicinas fui yo, con mis propios ahorros, catorce mil dólares en total, y tengo cada recibo guardado en una carpeta azul en el clóset del pasillo.
Me paré en la puerta, mamá, con esa carpeta en las manos, y le dije a tu hermano que no. Que se fuera. Que si quería pelear por algo, que lo hiciera en la corte, porque yo tenía los papeles del title, la escritura a mi nombre, y catorce mil dólares en recibos que él nunca pudo mostrar. Se quedó ahí, en el porche donde tú tomabas café, con el abogado callado a su lado, sin saber qué decir. Al final se subió a su camioneta y se fue, y no ha vuelto a llamar.
Ayer fui al banco y cerré la cuenta conjunta que todavía tenía contigo, mamá, la del Wells Fargo de la Leopard Street, la que dejamos abierta por si acaso, sin saber bien por qué. Firmé el papel, guardé el último estado de cuenta en la misma carpeta azul, y salí a la calle con el sol pegándome en la cara. No lo hice con rabia. Lo hice porque ya era hora de cerrar esa puerta como corresponde, con calma, con lo que es mío puesto en orden.
Te amo, mamá. Y eso no ha cambiado. Y nunca va a cambiar.
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