Yo manejo la ambulancia del turno de noche en el condado de Fresno, California, desde hace nueve años, y le puedo asegurar que uno aprende a leer el calor en la piel de la gente antes de que el aparato marque nada. Ese jueves de julio la radio del despacho traqueteaba sin parar: golpes de calor, un viejo desmayado en la parada de autobús de la avenida Blackstone, una señora con las piernas hinchadas como troncos. El aire olía a asfalto derretido y a los tacos de la esquina que ya nadie salía a comprar porque afuera se sentía como abrir un horno.
A eso de las once de la noche —sí, de la noche, y todavía marcaba ciento tres grados— nos llamaron a un dúplex pintado de verde limón en la calle Olive, cerca de las vías del tren. Ahí vivía doña Cármen Ábrego, sesenta y ocho años, sola desde que su esposo murió, con un ventilador de esos viejos de rejilla metálica que hacía más ruido que aire. La encontramos tirada junto a la estufa, con la Virgen de Guadalupe en un cuadrito torcido en la pared y un vaso de agua a medio tomar en el piso, ya tibio.
Su hijo, Rogelio, llegó como quince minutos después, todavía con el uniforme de la fábrica de empaque de uvas donde trabaja el turno de tarde. Se quedó parado en la puerta, con las llaves de su Chevy Silverado colgando de un dedo, sin entrar del todo, como si necesitara ese espacio para procesar lo que veía. Le pregunté si la casa tenía aire acondicionado. Me dijo que sí, pero que el compresor se había descompuesto en junio y el técnico cobraba cuatrocientos veinte dólares solo por la visita, y que su mamá le había dicho que aguantara, que "el ventilador basta", que no gastara.
Uno se acostumbra a ver cosas en este trabajo, pero esa noche algo cambió. No fue solo esa llamada. Fue la tercera de golpes de calor en cuatro horas, y en nueve años de manejar esta unidad nunca había visto tres en una sola noche, y menos en un barrio donde las casas son de los años cincuenta y no tienen aislamiento decente. Mi compañero, Danny, que lleva más tiempo que yo en esto, dijo algo que se me quedó grabado: "Antes el calor mataba en agosto. Ahora mata en cualquier mes que le dé la gana."
Subimos a doña Cármen a la camilla. Ella apenas podía hablar, pero alcanzó a decir, con la voz rasposa, que el aire de la calle "sabía distinto", que ya ni de noche refrescaba como antes. Rogelio la tomó de la mano y caminó a su lado hasta la ambulancia, sin soltarle los dedos ni cuando tuvo que firmar el papel de admisión apoyado en la puerta trasera del vehículo.
En el hospital comunitario de Fresno la dejaron en observación por deshidratación severa y un principio de golpe de calor. Nada de eso saldría en las noticias nacionales; en Fresno estas cosas ya casi ni se reportan, porque pasan seguido. Pero yo, que llevo nueve veranos midiendo el calor por la cantidad de gente que se cae en la calle, sí noto la diferencia. Este verano las noches no bajaron de los ochenta grados casi ni una vez, y el aire acondicionado central de mi propio apartamento —que antes alcanzaba— este año se quedó corto, y tuve que comprar dos ventiladores más solo para dormir.
Volvimos a pasar por esa cuadra dos semanas después, en otra llamada, distinta, nada que tuviera que ver con doña Cármen. Pero alcancé a ver, por la ventana del dúplex verde limón, una unidad de aire acondicionado nueva instalada en la ventana del cuarto, el cartón de la caja todavía apoyado contra la cerca de alambre del patio. Rogelio debió haber juntado el dinero, o haber pedido un préstamo, o haber dejado de pagar otra cosa ese mes. No lo sé y no me corresponde saberlo.
Lo que sí sé es que esa noche, cuando subí a la ambulancia y cerré la puerta trasera con doña Cármen ya respirando con oxígeno, miré el termómetro digital que llevamos pegado al tablero, el que usamos para calcular el índice de calor en la calle antes de bajar la camilla. Marcaba ciento un grados. A las once y veinte de la noche. Apunté el número en mi reporte, como hago siempre, y seguí manejando hacia el hospital con las luces encendidas, pensando que ese número, hace nueve años, hubiera sido el récord de un día entero, no la temperatura de una madrugada cualquiera de julio.
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