Yo era el que limpiaba los tanques del acuario. Diecinueve años ahí, en Galveston, turno de las cinco de la mañana, cuando el Golfo todavía huele a diésel de los barcos camaroneros y el estacionamiento está vacío salvo por mi camioneta y la de la encargada de mantenimiento. Esa madrugada de octubre del 2016 fue la que me tocó a mí, y fue también la noche antes de que firmara los papeles con Marisol después de veintidós años de casados.
Se llamaba Ostión. Se lo pusimos de broma, porque llegó pequeñito, del tamaño de un puño, y ahora ya pesaba como nueve kilos. Vivía en un tanque redondo cerca de la entrada, con una tapa que no cerraba del todo bien desde que un tornillo se había perdido en el 2014 y nadie lo había repuesto porque, según el gerente, "esos bichos no tienen fuerza para levantar nada". Yo sabía que eso no era cierto. Lo había visto abrir un frasco de comida que dejábamos cerca del cristal, nomás para probarlo.
Esa noche yo estaba sentado en el cuarto de bombas, tomando café de la máquina que siempre sabe a quemado, con el teléfono en la mano releyendo el mensaje de mi abogado: "Firma mañana a las diez, llega temprano". Marisol se había quedado con la casa de Texas City, yo con la camioneta y con una renta en un dúplex cerca del canal. Once mil dólares es lo que me tocaba pagar en total por los gastos del abogado y la mudanza, y todavía me faltaban cuatro mil que no sabía de dónde sacar.
No fui yo quien encontró el rastro. Fue Deborah, la del turno de limpieza general, que llegó a las cinco y media y me habló por radio con la voz rara.
—Ven a la entrada. Hay agua en el piso y no es de la manguera.
Cuando llegué, vi las huellas. No eran huellas de zapato, eran manchas húmedas, como si alguien hubiera arrastrado una toalla mojada, y seguían derechito desde el tanque de Ostión hasta una rejilla de drenaje pegada a la pared, la que conecta con la tubería que va al mar. Cincuenta metros, más o menos, calculó después el biólogo de la universidad de Texas A&M cuando vino a revisar. Un tubo de apenas quince centímetros de ancho. Los pulpos no tienen huesos, solo un pico duro del tamaño de una moneda, así que si el pico cabe, el resto del cuerpo pasa.
Me quedé parado frente al tanque vacío un buen rato. No sentí lo que uno esperaría sentir por perder algo que cuidaba hacía cuatro años. Sentí otra cosa, y esa es la parte que no le he contado a nadie en el trabajo: sentí envidia. Ese animal encontró un tornillo faltante, una rendija de dos centímetros, y la aprovechó en una sola noche. Yo llevaba tres años sabiendo que mi matrimonio tenía la misma rendija —Marisol y yo dormíamos en cuartos separados desde que a ella la transfirieron al hospital de Houston— y no había hecho nada.
El gerente, un tipo llamado Rick Fenwick, llegó como a las siete y lo primero que dijo fue que había que revisar las cámaras para ver si alguien lo había robado, porque un pulpo de ese tamaño en el mercado de mascotas exóticas se vendía bien. Pasamos la grabación de la noche entera. No había nadie. Solo se veía, como a las dos de la madrugada, el agua del tanque moviéndose distinto, y después nada, la cámara apuntando a un tanque vacío durante tres horas hasta que amaneció.
—Se fue solo —dijo Deborah, y se rió, pero no de gusto.
Rick quiso que pusiéramos un comunicado diciendo que Ostión había "fallecido por causas naturales", porque no quería explicarle a la junta directiva del acuario cómo un animal sin dedos había destornillado su propia libertad. Yo fui el que se negó. Le dije que si el animal se había ido, que se fue, y que la gente que pagaba entrada merecía saber la verdad, aunque fuera vergonzosa para el acuario.
Esa tarde, antes de ir a la cita con el abogado, manejé hasta el muelle de pesca cerca de la bahía y me quedé ahí un rato, viendo el agua oscura donde según el biólogo la tubería desembocaba. No esperaba verlo. Nadie lo volvió a ver, ni un pescador, ni un buzo, nada. Pero me quedé ahí con el vaso de café frío en la mano pensando que un pulpo puede vivir sin hueso, puede aplastar su propio cuerpo hasta pasar por un agujero del tamaño de una moneda de veinticinco centavos, y salir. Y yo llevaba tres años con mi propia rendija abierta sin cruzarla.
A las diez llegué a la oficina del abogado, en la calle 23, con vista al puerto. Marisol ya estaba ahí, con un café de Starbucks que no había tocado. No hablamos mucho. Firmé donde me dijeron que firmara: la casa para ella, la camioneta para mí, la mitad de la cuenta de retiro dividida en dos. Cuando salí, ella me dijo una sola cosa en el pasillo.
—Oí que se les escapó un pulpo.
—Sí. Anoche.
—¿Lo van a buscar?
—No hay nada que buscar. Ya llegó a donde quería llegar.
Ella asintió con la cabeza, se subió a su carro y se fue. Yo me quedé un rato en el estacionamiento del edificio, mirando el letrero del acuario a dos cuadras de ahí, ese que dice "Moody Gardens" en letras azules.
Volví al trabajo al día siguiente. Rick nunca puso el comunicado que quería. Deborah y yo hicimos uno juntos, sencillo, que decía la verdad: el pulpo llamado Ostión había encontrado un pasaje sin usar en su tanque y había regresado al Golfo de México por su propia cuenta. Lo pegamos en la puerta de entrada del acuario, al lado del horario de visitas.
Repuse el tornillo esa misma semana, aunque el tanque ya estaba vacío. No lo hice por reglamento. Lo hice porque cada vez que pasaba frente a ese tanque sin agua, me acordaba de la rendija, y ya no quería dejar ninguna abierta sin decidir yo mismo si cruzarla o cerrarla. Cuatro meses después usé lo que me quedó de la cuenta de retiro para pagar el enganche de un dúplex más chico, uno con vista al canal donde a veces, de noche, se ve el reflejo de las luces del puerto en el agua. Ahí vivo ahora, solo, con una foto de Ostión que tomé el último día que lo vi completo, pegada con un imán en el refrigerador.










