Me llamo Rogelio Contreras y tengo sesenta y ocho años. Todavía madrugo, aunque ya no tengo que hacerlo. La costumbre no se olvida así como así, después de criar borregos durante cuarenta y tres años en las afueras de Uvalde, Texas.
Mi hijo Pablo vino a verme un martes de octubre, a media semana, sin avisar. Eso ya me dio mala espina, porque él no deja su bufete en San Antonio así como así, entre semana, sin una cita marcada en su celular.
Lo vi bajarse de la camioneta —una Ford último modelo, de esas que cuestan más de lo que yo gané en diez años— vestido con saco y corbata, como si viniera de una junta importante. Y ahí venía, caminando derecho hacia el corral, con esos zapatos de piel que no aguantarían ni media hora entre el estiércol y el polvo.
Yo estaba marcando unos borregos cuando lo vi acercarse. Le grité desde lejos:
—¡Mijo, te vas a arruinar esos zapatos! ¿Qué traes puesto, para venir a ver borregos?
Se rió, pero no dijo nada. Llegó hasta donde yo estaba y me abrazó fuerte, de esos abrazos que a mí no me salen tan fácil. Yo me quedé tieso, la verdad. Nunca fui de abrazar mucho. Uno se acostumbra a querer con el trabajo, no con las palabras, y menos con los brazos.
Lo que él no sabe —o tal vez sí, pero nunca me lo ha dicho a la cara— es que yo también me acuerdo de todo. De cada madrugada a las cuatro y media, con el frío calándome los huesos, saliendo con la linterna a revisar el corral antes de que amaneciera. Mientras Pablo y sus dos hermanas dormían, y su mamá, que en paz descanse, se quedaba con la casa y los muchachos.
Yo nunca fui a la escuela más allá del tercer año. Firmaba con una cruz cuando no había más remedio, y cuando llegaba algún papel del banco o de la aseguradora, lo guardaba hasta que Pablo, de chiquito, aprendiera a leerlo.
—Ándale, hijo, léeme esto que no entiendo bien qué dice.
Me acuerdo que de niño no entendía por qué a mí me daba pena eso. Ya de grande lo entendió, o eso creo. No era vergüenza de criar borregos ni de andar con las manos llenas de callos. Era otra cosa. Era saber que la vida no me había dado chance de aprender, y no quería que a él le pasara lo mismo.
—Tú vas a estudiar, Pablo. No vas a andar preguntándole a nadie qué dice un papel, como yo.
Cuando el muchacho terminó la secundaria, la prepa buena quedaba en San Antonio, a más de una hora. Había que pagar el camión, los libros, el uniforme, todo. Una noche lo escuché a él, desde su cuarto, oyéndonos hablar a mí y a su mamá en la cocina. Ella casi lloraba.
—¿Con qué lo mandamos, Rogelio? Apenas nos alcanza para la renta.
Yo me quedé callado un rato. Después dije lo único que se me ocurrió, lo único que tenía sentido para mí:
—El niño va a la prepa. Si hace falta, vendo borregos. Yo todavía puedo trabajar. Él tiene que estudiar.
Esa semana vendí cuatro borregas de las mejores que tenía, las que más leche daban. Al mes siguiente vendí dos más. Cuando Pablo necesitaba libros, aparecía el dinero. Cuando necesitaba tenis para el equipo de futbol, aparecía el dinero. Y cuando llegaba la hora de pagar la inscripción, yo siempre le decía lo mismo:
—No te preocupes, hijo, ya nos las arreglamos.
Solo yo sabía cómo nos las arreglábamos. Me compré unas botas una vez, en el Tractor Supply de la carretera 90, y las usé hasta que la suela ya no aguantaba ni un remiendo más. La misma chamarra de mezclilla forrada me duró como diez años. En la mesa, si sobraba un pedazo de carne, se lo pasaba a él.
—Cómete eso, yo ya comí allá en el corral.
A veces ni había comido. Pero eso Pablo no lo sabía, y yo tampoco se lo iba a decir.
El día que se fue a la universidad de Austin, yo mismo lo llevé a la central de camiones. Traía en la bolsa del pantalón unos cuantos billetes, no mucho, pero era lo que había. Se los metí en la mano.
—Tómalos.
—Papá, ¿y usted con qué se queda?
Me encogí de hombros.
—Con los borregos. Esos no piden domingo.
Me reí para que no se preocupara, pero volteé la cara rápido para que no me viera los ojos.
Vinieron años difíciles después de eso. Pablo trabajó de mesero en un restaurante mexicano cerca del campus mientras estudiaba. Luego entró a trabajar de asistente en un despacho de abogados, y ahí se quedó, subiendo poco a poco, hasta que un día abrió su propio bufete. Le costó. Hubo meses en que casi no dormía. Pero cada vez que quería tirar la toalla, me contó después, se acordaba de mí subiendo el cerro antes de que saliera el sol, con la linterna y el bastón.
Hoy Pablo tiene su despacho con más de veinte empleados, entra a juntas con jueces y firma contratos de cientos de miles de dólares. En la pared de su oficina cuelga su título de la universidad y algunos reconocimientos. Pero en su escritorio, la única foto que tiene enmarcada soy yo, con mis borregos, del año que se graduó de la prepa.
Ese martes, después del abrazo, nos sentamos en la troca vieja que todavía tengo estacionada junto al corral. Él me dijo:
—Papá, ¿sabe qué me pregunta la gente?
—¿Qué?
—Cómo le hice para llegar hasta donde estoy.
Yo sonreí.
—Pos porque estudiaste, ¿qué más?
Movió la cabeza.
—No. Llegué aquí porque usted me mandó a estudiar. Usted no supo leer, papá, pero me enseñó a mí a leer. Usted no tuvo diploma, pero trabajó para que yo tuviera el mío. Usted no tuvo dinero, pero me dio todo lo que tenía. Si hoy soy alguien, es porque usted decidió quedarse sin nada para que yo pudiera tenerlo todo.
Se me llenaron los ojos, no lo voy a negar. Miré para otro lado, hacia el corral, hacia los borregos que todavía pastan ahí como pastaban hace cuarenta años.
—Entonces no trabajé en balde.
Ahí fue cuando entendí una cosa que traigo pensando desde entonces, y que a mis años ya puedo decir sin pena. Uno cree que la herencia son las tierras, la casa, el dinero que uno deja guardado. Y no. Lo que uno deja de verdad es la fuerza para seguirle echando ganas cuando ya no queda nada más.
Esa tarde, antes de irse, Pablo sacó de su portafolio un sobre y me lo dio. Adentro venían las escrituras del terreno donde está el corral —el mismo que yo rentaba desde hacía treinta años al viejo Elizondo, sin nunca poder comprarlo porque no me alcanzaba. Pablo lo había comprado meses atrás, sin decirme nada, y lo había puesto a mi nombre.
—Ya es suyo, papá. Para que nadie se lo quite nunca.
No dije nada. No hacía falta. Nos quedamos los dos ahí, sentados en la troca, mirando los borregos pastar bajo el sol de la tarde, como habíamos hecho tantas veces cuando él era niño y yo todavía no sabía que ese muchacho, algún día, me iba a devolver cada borrega que vendí por él.










