Ricky, hijo mío llegó en marzo

Yo me llamo Ricky Beltrán y tengo cuarenta y seis años. Manejo grúa para una compañía de remolques en Corpus Christi, Texas, y llevo casado con Elena diecinueve años. La familia de mi esposa nunca me tragó del todo, pero eso es otra historia. Esta es sobre mi suegro, don Refugio, y sobre cómo yo, sin querer, terminé siendo el que le regaló los últimos años buenos de su vida.

Don Refugio tenía setenta y ocho años cuando enviudó de mi suegra Consuelo. Vivía solo en una casita de la calle Ayers, cerca del canal, con esos ventiladores de techo que nunca apaga ni en enero. El hombre se levantaba a las seis de la mañana como si tuviera un reloj despertador metido en el pecho — nunca lo entendí, la verdad, porque yo a esa hora todavía estoy roncando. Desayunaba huevo con chorizo a las siete, caminaba cuarenta minutos por el parque Cole exactamente a las ocho, y a mediodía se echaba su siesta de cuarenta y cinco minutos sin falta. Yo pensaba que era una manía de viejo terco. Ahora sé que era lo único que lo mantenía de pie.

En marzo mi hija Karina se fue a hacer una pasantía de verano en Austin — bueno, en realidad era abril, pero para ella cualquier cosa que dure más de un mes ya es "el verano". El problema es que se llevó consigo un teckel color canela que había adoptado dos semanas antes en un rescate de Alice, y el apartamento donde iba a quedarse no aceptaba mascotas. Me llamó llorando un martes por la noche.

— Papá, no puedo dejarlo en un shelter, se va a morir ahí adentro.

— ¿Y yo qué quieres que haga, m'ija?

— El abuelo. Déjamelo con el abuelo.

Yo casi suelto la carcajada. Don Refugio, el hombre que todavía dobla las servilletas en triángulos perfectos y que una vez me regañó por poner los zapatos mal alineados en su porche, ¿cuidando un perro? Pero fui yo el que manejó hasta su casa esa noche, con el perro — se llama Frijol, así lo bautizó mi hija — metido en una jaula de transporte que apenas cabía en la cabina de mi troca.

Cuando llegamos, don Refugio abrió la puerta con esa cara seria que siempre pone, como si uno le debiera dinero.

— ¿Y esto? — dijo, mirando la jaula.

— Es de Karina, don Refugio. Un teckel. Se llama Frijol.

— No me interesa cómo se llama. ¿Para qué me lo traes a mi casa?

— Nomás son unas semanas, mientras ella arregla lo del apartamento en Austin.

Él se quedó callado un rato largo, con esa mirada que siempre me hace sentir que estoy pidiendo un favor imposible. Yo esperaba un "no" rotundo — porque así es él, cortante, de esos que dicen las cosas una sola vez y ya. Pero suspiró y dijo:

— Que se quede en el patio. Ahí tiene sombra.

Yo pensé: bueno, al menos no me lo aventó de vuelta. Dejé la jaula, le di las bolsas de comida, y me subí a la troca antes de que se arrepintiera.

Lo que pasó después me lo contó Karina en pedacitos, cada vez que llamaba a su abuelo los domingos, y yo lo fui armando como rompecabezas. Frijol no se quedó en el patio ni cinco minutos. Se metió por la puerta de perro que Consuelo había instalado años atrás para su propio gato — un gato que ya llevaba muerto una década, pero la puertita seguía ahí — y se plantó en medio de la sala de don Refugio, sobre la alfombra persa que la difunta había traído de una venta de garaje en San Benito.

Don Refugio, según me contó él mismo meses después mientras tomábamos café en su cocina, le ordenó al perro que se fuera al patio. Con la misma voz con la que durante treinta y dos años dirigió turnos completos en la refinería de Flint Hills. Frijol lo miró, bostezó, y se metió debajo del sillón reclinable de vinil café que Consuelo nunca dejó tirar aunque ya tuviera un resorte roto.

— Ahí me di cuenta — me dijo don Refugio, revolviendo su café con una cuchara que sonaba contra la taza como un metrónomo — que ese perro no le tenía miedo a nada. Ni a mí, que ya ni a mis propios hijos les daba tanto miedo.

La cosa fue avanzando despacio. Don Refugio empezó a comprarle a Frijol comida de la cara, esa marca con foto de perro corriendo en la bolsa que cuesta el doble que la genérica de H-E-B. Yo lo supe porque encontré el ticket en su basura un día que fui a dejarle unas herramientas — cuarenta y un dólares con veinte centavos en pienso para "perros activos de razas pequeñas". Don Refugio, que se ponía bravo si Consuelo gastaba dos dólares extra en el mandado, comprando comida gourmet para un perro que ni siquiera era suyo.

Un domingo lo encontré leyéndole el periódico en voz alta en el porche — el Caller-Times, la sección de deportes, algo de los Astros — y el perro sentado a su lado con la cabeza ladeada como si de verdad estuviera entendiendo cada palabra. Yo me quedé parado en la reja sin que él me viera, y sentí algo raro en la garganta, como cuando uno traga sin querer.

El vecino de don Refugio, un señor llamado Tobías que también anda siempre con bastón, me contó después que se lo topó en el parque Cole con el perro en una correa nueva — una correa nueva, ¿me entienden? — y que don Refugio le dijo, orgulloso como si hubiera ganado la lotería: "Es teckel. Los teckels son de los más listos, más que muchas gentes que conozco."

Yo, la verdad, empecé a preocuparme. No porque me molestara que mi suegro se encariñara con el perro — al contrario, hasta me daba gusto verlo con esa chispa que no le veía desde que enterramos a Consuelo. Me preocupaba lo que venía: Karina ya tenía su apartamento arreglado en Austin, uno que sí aceptaba mascotas, y en cualquier momento iba a venir por Frijol.

Ese momento llegó un viernes de julio. Karina manejó las tres horas y media desde Austin, llegó como a las seis de la tarde, y empezó a empacar las cosas del perro en la sala de su abuelo. Yo estaba ahí porque la acompañé — no confiaba en que su Honda aguantara el viaje de regreso sin que alguien revisara el aceite.

Don Refugio estaba parado en el marco de la puerta de la cocina, viendo cómo mi hija metía el tazón, la correa nueva, las bolsitas de comida cara, en una caja de cartón. Frijol estaba sentado junto a la caja, mirando todo con esa cara de perro que sabe que algo se está acabando.

Y entonces mi suegro dijo, con esa voz seca que usa cuando quiere que algo suene a orden y no a ruego:

— Déjamelo. Yo me hago cargo.

Karina se quedó quieta con el tazón en la mano. Me miró a mí, como preguntando si había escuchado bien. Yo solo me encogí de hombros.

— ¿Seguro, abuelo? — dijo ella.

— Ya dije. Yo me hago cargo del perro.

Frijol ladró una sola vez, cortito, como si él también estuviera de acuerdo con el trato.

Karina se le fue encima a abrazarlo, y don Refugio, que no es de abrazos largos, aguantó el abrazo más de lo normal. Yo bajé la caja de vuelta al clóset del pasillo — la misma caja que había subido hacía diez minutos — y sentí que en esa casa algo se acomodaba de nuevo en su lugar, aunque fuera un lugar distinto al de antes.

Han pasado ya como cinco meses. Ahora, cuando llego los domingos a dejarle a don Refugio su periódico o a revisarle el aire acondicionado, me lo encuentro sentado en el porche con Frijol echado sobre sus pies, los dos viendo pasar los carros por la calle Ayers como si tuvieran todo el tiempo del mundo. La semana pasada me pidió que lo llevara a la tienda de mascotas en la Staples, y ahí, sin que yo dijera nada, agarró un abrigo pequeño color rojo de la sección de invierno — dizque porque "en Corpus las noches de enero calan feo" — y lo pagó con su propio dinero, veintitrés dólares, sin pestañear.

Yo nunca pensé que iba a ser yo, el yerno al que apenas le dirigía la palabra en las comidas de Acción de Gracias, el que le iba a traer a ese hombre algo que ninguno de sus hijos, ni siquiera Consuelo en sus últimos años, había logrado devolverle: una razón para levantarse a las seis de la mañana que no fuera nomás la costumbre.

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Ricky, hijo mío llegó en marzo